La escuela pública es imprescindible. Puede resultar paradójico que un propietario-trabajador de una escuela privada-concertada afirme esto, pero no lo es en absoluto.
La escuela pública no solo debe existir, sino que debe ser de calidad, de mucha calidad. La Escuela pública deber fijar un estandar que los demás debemos esforzarnos por superar, y cuanto mejor sea la pública, mejores tendremos que ser los demás. Es cierto que la competencia obliga a mejorar, pero la competencia con lo público, porque si lo público no existe, la única competencia posible es la de los precios y eso provoca una perdida de calidad en el servicio.
Vaya por delante que la experiencia (en la pública, privada y concertada) me dice que los mejores profesionales están en la pública. He visto a profesores funcionarios obrar milagros todos los días, y la mayor parte de mis modelos son profesores de la pública. Esto no significa que todos los buenos estén en la pública ni que todos los de la pública sean buenos. De hecho también ocurre lo contrario: los peores profesores están en la pública, y la calidad media del profesorado funcionario es bastante mediocre.
Los profes de la pública afirman que ahora mismo la enseñanza pública ya es de calidad. Sintiendolo mucho no lo es. Y hablo con el conocimiento de causa que me da el haberme criado en ella, haber llevado a una de mis hijas a ella y haber trabajado allí.
Es cierto que tienen poco medios (ahora muchos menos con los hachazos recortes en presupuestos y personal), pero tampoco muchos menos que en la concertada, y el material que manejan es el mismo que nosotros, solo que se maneja de manera diferente.
La disciplina, por ejemplo es la gran asignatura pendiente en nuestros institutos.
Tengo muchos amigos profesores de la pública, y todos se quejan de la ausencia de disciplina y respeto en sus alumnos, y como consecuencia los profesores huyen de los cursos de ESO hacia el bachillerato, donde solo quedan “los que quieren estudiar”. Pero cuando les preguntas que medidas se toman contra aquellos alumnos que hablan sin respeto a un profesor o a un compañero o que usan el móvil o fuman en el centro y en general, todos, me dicen que lo ponen en conocimiento del Jefe de Estudios… y ya. Aplicar las normas de convivencia es un trabajo duro: regañar al alumno, telefonear a los padres, diseñar un castigo educativo, aplicarlo, recogerlo… es mucho trabajo. Quizá demasiado para un profesorado acostumbrado a hacer las horas justas de permanencia en el centro y salir disparados cuando estas terminan. Es una anecdota muchas veces contada, pero real como la vida misma:
El profesor de la pública dice: Hoy es el peor día de la semana, tengo cuatro clases seguidas. Y el de la concertada replica: Hoy es el mejor día de la semana, solo tengo cuatro clases, y encima seguidas.
Quizá la imposibilidad de perder el puesto de trabajo cause una cierta “institucionalización” en algunos profesores, que se vuelven burócratas de la enseñanza, que se conforman con ir al Instituto, dar sus clases y marcharse a casa lo más rápidamente posible. Ojo, no estoy en contra de que sean funcionarios, pero un regimen disciplinario más riguroso para profesores incompetentes es imprescindible.
Una de las frases que más repiten los profesores de la pública es: Yo quiero que quiten la ESO y me devuelvan el BUP. Tan triste como cierta y repetida. Muchos profesores, especialmente en la pública, echan de menos aquellos tiempos en los que podían desembarazarse sin problemas de aquellos alumnos poco motivados o directamente poco dotados. Tiempos en los que podían dedicarse a explicar ecuaciones o figuras retóricas sin preocuparse por educar. Estimados compañeros: Lamento comunicarles que el sistema educativo ha cambiado. Ahora la educación va por otros caminos y persigue otros objetivos muy distintos de la transmisión de información. La ausencia de compromiso con la educación es un mal de muy dificil cura: No es frecuente que los profesores permanezcan voluntariamente con un alumno al que han castigado a permanecer en el centro más allá de la hora de salida, o durante los recreos. En lugar de eso se prefiere hacer la vista gorda con las faltas o descargar la responsabilidad en el jefe de Esudios. Y los alumnos lo saben. Saben que en la mayoría de los casos sus acciones quedarán impunes.
Es cierto que la educación pública adolece de muchas cosas, pero los profesores también deberían hacer un poco de autocrítica y pensar que parte de la culpa de la pérdida de calidad recae sobre sus espaldas.