Cuenta Daniel Pennac en su extraordinario libro “Mal de escuela” (Chagrin d”école) que en cierta ocasión, al pasar lista al inicio de una clase, echó de menos a un alumno. Inmediatamente fue a llamar por teléfono a casa del muchacho y la madre se disculpó por no haber telefoneado antes para avisar: su hijo estaba enfermo y se quedaría en casa. Cuando Pennac volvió al aula el alumno estaba sentado en su sitio: simplemente había ido al baño.
Esta semana he tenido un par de experiencias parecidas: Niños que mienten en casa y padres que mienten para tapar las mentiras de sus hijos. Muy triste, pero muy real. Y en el colmo del despropósito un padre que es mentido a la vez por su hijo y por su propia madre (abuela del niño).
Para mí, está claro por qué mienten los niños. Principalmente lo hacen por tres motivos:
- 1º: Para escapar de un castigo o de una regañina.
- 2º: Para conseguir algo que desean.
- 3º para no defraudar a sus padres.
La mentira forma parte de la adolescencia, es natural y a los chicos les ayuda a crecer. Y además: Que levante la mano el que jamás mintió a sus padres por una de estas tres razones.
Pero ¿por qué mienten los padres?.
Podría pensarse que intentan proteger a sus hijos de las posibles consecuencias de hacer novillos (si, ya se que ahora se dice pellas pero yo prefiero novillos) o de faltar a un examen. Pero yo creo que es un poco más profundo. Creo que los padres mienten para huir de la sensación de fracaso que les invade cuando sus hijos traicionan las espectativas que en ellos habian puesto. O dicho de una manera un poco menos retorcida: Para mantener la ilusión de que controlan todo lo que rodea a su niño / niña.
Por lo tanto, padres e hijos viven en la mentira, unos para no defaudar y otros para no sentirse defraudados. Una consecuencia más del empeño de muchos padres en educar a sus hijos para desenvolverse en un mundo irreal, un mundo donde no existe la frustración, donde siempre eres tratado con justicia, donde recibes exactamente lo que te mereces. Dineylandia, vaya.
Los padres de mis alumnos adolescentes se niegan a creer que sus hijos se estan haciendo mayores, que empiezan a volar por sí mismos y que tienen que empezar a asumir las consecuencias de sus actos. Protegiendoles así de la realidad solo consiguen ralentizar el proceso de maduración y eso, a medio plazo, trae terribles consecuencias para los chicos, para las familias y para la sociedad en la que se intentan sumergirse, en general.
